Bosques

Hayedo de Otzarreta

« Ella salió del pueblo, de Ubide, con su familia, y juntos fueron a dar un largo paseo por los bosques colindantes, esos bosques que tanto le gustaban. Sin saber cómo, una niebla espesa los dirigió hacia un lugar desconocido.

Amona, ese hayedo tiene forma de serpiente, ¿no?»

«Pues sí, mi niña, la erreka que lo divide le da esa forma»

Y pronto se encaminaron a ese atrayente lugar. Era especial y único, no sólo por esa erreka en forma de «ese», sino sobre todo porque las hayas eran diferentes a todas las que habían conocido: tenían brazos en vez de ramas, muchos brazos que se extendían hacia el cielo, brazos que se unían con el firmamento y que dejaban tras de sí una magia innata en el lugar.

Siguieron visitando el hayedo con frecuencia, pero con el paso de los años, nuestra niña creció, y el hayedo y ella se distanciaron, tanto, que se olvidaron uno del otro. Muchísimos años después, cuando nuestra niña era ya madre, quiso subir en cierta ocasión al Gorbea con sus hijos. Su hija pequeña, cuando iban de camino a la cumbre, le preguntó:

Ama, ¿qué es esa niebla que se ve allí abajo?«

La madre, queriendo recordar, se fijó con entusiasta atención y susurró:

-«.. no puede ser .. ¿será el hayedo de la serpiente? .. ¿será?«

Y sin pensarlo mucho (los mejores planes jamás se piensan) animó a sus hijos y bajaron rápido en busca de esa niebla que les llamaba. Oscureció prematuramente ese día, pero gracias a un hilo de luz de color plata que les acompañaba en todo el recorrido (y atravesaba un lugar tan bello como es la cascada de Uguna -ya os contaré otro día su leyenda-) pudieron llegar a ese muro de niebla que veían desde la cima.

Ama, tengo miedo…» -dijo la niña.

Los tres se detuvieron un instante con la mirada fija en la profundidad de lo desconocido. Finalmente, fue la misma niña la que, agarrando de la mano a su madre y a su hermano mayor, entró decidida a través de esa oscura niebla que sólo era traspasada por el riachuelo de color plata que les acurrucaba desde la montaña. Después de unos segundos de gris ceguera, accedieron al paraje que su madre creyó reconocer: el hayedo de la serpiente. Dentro de él era de día, la erreka era ahora de color oro, las hayas amarillas y resplandecientes, la hojarasca ocre y delicada, el murmullo del juego del agua y el viento resultaba armonioso y musical, todo era paz y belleza, el cielo era atravesado por brazos de hayas que acariciaban las estrellas, todo era luz y candidez. Sin darse cuenta, se pasaron la noche allí, adormeciendo sus sentidos y maravillando a su corazón. A la hora de regresar, la madre pensó que, para que no volviese a quedar en el olvido, debía dar a conocer al pueblo la existencia de tan único lugar y se lo propuso a sus hijos.

Pero antes, debemos ponerle un nombre»

-«Sí, ama, necesita un nombre«

-«…a ver, pensemos…»

…tiene así como forma de «o» el hayedo, ¿verdad ama?» -senaló el hermano mayor.

Sí, y ahora que ha amanecido, parece que hace un poco de frío…» -apuntó la niña.

Sí, o… hotza… otza…» –seguía de nuevo el hijo mayor.

…y tiene una erreka…» -pensaba en voz alta la madre.

-«…eta erreka… otza… eta… erreka… otza… erreka… eta…»

Y de repente, jugando con las palabras, le salió el nombre desde lo más profundo de su ser:

– «Otzarreta, sí, Otzarreta… …El Hayedo Encantado de Otzarreta»

Bajaron felices al pueblo y contaron la existencia del hayedo, y, desde ese día, la comarca entera se volcó en la conservación y cuidado del increíble entorno que una niña, una vez, encontró entre nieblas y hojarasca ».

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Nuestra tierra es un lugar extraordinario, y este sencillo cuento surgido el 17 de Marzo de 2019 (cuando conocimos este bello hayedo) desde el feliz cansancio de los sacos de dormir de nuestra furgoneta al descansar allí (inexacto en algunos detalles, porque, al escribir recordando, indudablemente, perdemos), solo fue creado aquella noche para recordarle a mis hijos que en esta vida, todo es cuento, y todo es realidad, y la única diferencia entre ambos mundos, es la decisión que tomamos de vivir en uno o en otro…

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